
Fotografía de Alex Prager
Una vez llegamos a su piscina, no había urbanizaciones ricas de los años sesenta, no había ningún Burt Lancaster atravesando cloro y sol, ni vecinas cotillas, ni prados relucientes, ni la jovencita dulce y rubia con miel en el cabello. Nos sumergimos en la profundidad del inconsciente. Allí donde nadie nos veía. Buceamos entre algas ficticias, ácido y sonrisas abandonadas en el fondo. Nadamos entre la desolación de un verano que acaba, y la orgía de colores que se había quedado en el suelo del otoño que comenzaba. Recogimos cereales, y emergimos del agua más unidos que nunca.
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