jueves, 13 de mayo de 2010

Fotografía de Valérie Denis


Conocí a aquel existencialista despeinado y con Sartre bajo el brazo en un bar de las afueras de la ciudad. Le pregunté si estaba de paso, y me contestó con una mirada tan extraña que se me cayó el vaso de soda de la barra.
La luz de media tarde se filtraba por entre los luminosos, ahora apagados, del local.
Recogí los vidrios, y los posé en la mesa, mientras una camarera desgarbada y algo arrugada maldecía barriendo los restos del suelo.

Pagué con unas monedas sueltas que tenía al fondo de los grandes bolsos de aquel abrigo.

Dejé atrás el bar y al Nietzsche de lavandería, todo envuelto en una gran música de ascensor. Arranqué el coche. Y me dirigí a las montañas. En ese momento solo pensaba en alejarme de allí, unos kilómetros.


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