
Allí había hombres grises, la ciudad estaba fuera del tiempo y del espacio, y tan solo flotaba en una burbuja, en un abismo sin principio ni final. Las manecillas del reloj iban hacia delante y hacia atrás. No existía el tiempo. Y solo destacaba el color rojo de los cordones de las gorras que se vendían en los puestos, cerca de las fronteras entre una comarca y otra.

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