
Antes de los créditos y del fundido a negro que anticipa la vuelta de la luz en la sala, con su consabido estiramiento y cierre de ojos, ella supo que ese beso de película de los años cuarenta iba a quedar flotando en el ambiente. Esos besos castos que solo se daban en blanco y negro, que tenían un ligero gusto a dulce envuelto en papel viejo, y que sonaban a cerilla encendiéndose en la oscuridad. Esa oscuridad del cine casi palpable. El asiento cruje, y ella, bostezaba con una impertinente apertura de mandibula. No había nadie en la sala. Nunca nadie se queda a los créditos.
Le gusta que no haya nadie en la sala. Por eso acude a horas intempestivas y fueras de contexto normal. Le gusta acercarse mucho a la butaca de enfrente, subir lo pies y recostarse en la butaca. Y no esconder las lágrimas debajo de las yemas de los dedos. Y abrir caramelos haciendo ruido, de esos que llevan mucho tiempo en el bolso, y siempre te tragas un trozo de envoltorio.

Y no esconder las lágrimas debajo de las yemas de los dedos
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