
En 1904 hubiese entendido a Matisse. Yo también me hubiese trasladado solo con mirar al cuadro a un lugar en el que solo se oye la brisa, donde el resto de los sonidos no existen, o al contrario, todos explotan al mismo tiempo, pero con armonía, cierto cánon natural caminando hacia los oídos. Luxe, calme et volupté. Y me hubiese llevado a Baudelaire, metido en un libro con los lomos rojos, y una cinta verde, como ese libro que todo el mundo tiene en la imaginación cuando piensa la palabra "libro".
Abrirlo allí. En ese lugar imaginario de rosas, amarillos y azules. Y luego volver a casa, y que solo hayan pasado seis segundos, mientras que la grabadora haya marcado seis horas en ese paraíso pictórico de principios de siglo, pero que sin embargo es, atemporal.

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